jueves, 21 de noviembre de 2013

Pesadillas

Desde que pasó lo de la bolsa, tengo pesadillas casi todas las noches. Ya duermo poco - mi hijo tiene tres meses y medio y es parte de la ecuación - pero dormir poco y mal es una tortura. He soñado de todo: que secuestran a mi guagua mientras estoy comprando, que tengo que ir a la morgue a reconocer un cuerpo al que le sacaron las uñas y que me mandan a una misión encubierta a Medio Oriente al estilo de Los Juegos del Hambre.

No sé qué hacer. Siento que mi vida está en pausa, como si mis días no tuvieran ningún propósito real. Como si el mundo entero fuera una ilusión. Me miro y no me reconozco. Todo me da miedo, todo me paraliza. Me quedo quieta en la comodidad de lo rutinario: de la gente que ya encontré, de la casa que ya elegimos, del trabajo que ya tengo. No estoy empezando nada nuevo, y no sé por qué, si quiero. Necesito.

Un paso a la vez, supongo. Dejar de pensar un rato en la muerte para poder disfrutar de verdad la vida. Atreverme a manejar los veinte kilómetros que me separan del teatro, de la biblioteca regional, de un poco de diversidad en la calle. Apagar el computador y el celular, quedarme en silencio a ver si logro que se callen también tantas ideas absurdas.

Quiero volver a creer en algo. El nihilismo del TOC me tiene cansada.

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