martes, 15 de octubre de 2013

Consciencia

Vivo casi siempre inconsciente de lo afortunada que soy.

Podría echarle al culpa al TOC - o al Trastorno de Ansiedad Generalizada que le sumó el siquiatra donde fui el otro día - pero creo que también tengo cierta cuota de responsabilidad. No puedo andar por el mundo sin ver que tanta gente sufre lo que yo sólo me imagino, por muy desbordante que sea mi imaginación. 

En momentos de lucidez, como este, me doy cuenta.

Me casé con el amor de mi vida. Tenemos un hijo maravilloso, feliz y sano.Vivimos en una casa calientita, en una ciudad donde los demás pasan sus vacaciones. Puedo salir en mi moto, sentir el viento en la cara y olvidarme de todo. He viajado y leído (y comido y bailado). Hago - casi siempre - lo que quiero. 

Y a pesar de todo, ahí está el miedo. Gigante. Disfrazado, esperándome en los rincones, en la cocina, debajo de la cama en la noche. A veces se esconde, descansa y vuelve. Siempre vuelve, aunque de repente crea que ahora no. Que lo vencí. Que fui capaz de entender que mi vida es fácil, de cerrar los ojos y lanzarme a disfrutarla sin cuestionarme más. 

Sigo tomando flores de Bach y desde el jueves tengo Lorazepam para emergencias. No pienso dejar la lactancia todavía. 
Esta batalla la gano yo.

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