jueves, 20 de septiembre de 2012

Celular

Con los años, mi celular se ha convertido tanto en una obsesión como en una compulsión.
No me acuerdo cómo era el mundo - cómo era mi vida - antes de que existiera.

Pienso que si no tengo mi celular cerca, o no lo escucho, o me quedo sin señal (por un minuto o por varios días), van a pasar miles de millones de tragedias sin que me entere. Incluso tragedias que se habrían podido evitar si lo hubiera respondido.

Al mismo tiempo, cuando me preocupo porque a alguien le pueda haber pasado algo, necesito llamarlo por teléfono.

Si no me contesta, es porque acaba de tener un accidente fatal, porque lo asaltaron y le robaron todo y ahora está malherido en la mitad de la calle, porque le dio un infarto, un ataque de apendicitis no diagnosticada a tiempo, un resfrío mal cuidado que se convirtió en neumonía. O quizás, peor aún, tragó veneno, se comió un pedazo de carne podrido que lo intoxicó hasta matarlo o se durmió con el gas de la cocina prendido y nunca más va a despertar.

Obviamente, todas esas tragedias se podrían haber evitado si yo hubiera llamado cinco minutos antes.
Por eso les pido, por favor, respondan sus teléfonos.
No tienen idea de lo feliz que me hace cada vez que escucho sus voces al otro lado de la línea.

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