jueves, 5 de mayo de 2011

Prólogo

Cuando yo tenía cuatro años vi una película en que un papá le decía a su hijo que lo iba a llevar a Disney, y en lugar de eso le prendía fuego a su cama mientras dormía. Viví varios años pensando en que mi papá iba a hacer lo mismo conmigo. Mucho tiempo después, a los 21, recién independizada y compartiendo departamento con un par de amigos, me pasaba las noches en vela segura de que alguien iba a aparecer en el balcón de mi piso 18 para asesinarme.

Lo que quiero reflejar es que la angustia siempre fue una constante en mi vida. No se me ocurría que se pudiera vivir de otra manera. Salir a la calle llegó, en algún momento, a convertirse en una tortura. Ir a la población San Gregorio a ver a unos niños adorables hacía que me imaginara portadas de diario donde aparecía mi cuerpo mutilado por una banda de narcotraficantes y que recitara las preposiciones como si fueran frases religiosas para que me protegieran.

Hace muy poco me enteré de que la ansiedad constante no era normal. Fue a fines de 2008. Llevaba varias semanas despertando por pesadillas, con dolores de cabeza que no se me pasaban y asustada hasta de salir de mi departamento a comprar pan. Así que fui a un consultorio sicológico. Después de dos sesiones, mi sicóloga me derivó a una siquiatra. Y entonces me dieron una explicación: tengo un Trastorno Obsesivo Compulsivo. Un TOC, para los amigos.

La mala noticia: es crónico. La buena: se puede tratar. Y hoy decidí que escribir es la mejor manera de lograr que si a alguien le pasa lo mismo (muchas personas viven con un TOC sin diagnosticar) se dé cuenta de que no se está volviendo loca. A mí, por lo menos, fue lo que más me preocupó en su momento.

Espero que estas páginas resulten sencillas y ágiles de leer. Por lo pronto, tengo la certeza de que resultarán sinceras.

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