viernes, 13 de mayo de 2011

Obsesión número 7: Los engaños

Las fiestas de disfraces siempre son organizadas para que la única con disfraz sea yo y todos se puedan reír en mi cara. Lo mismo pasaba en el colegio, para los 18 de septiembre en que había que vestirse de huasa. Hasta las profesoras se habían puesto de acuerdo para que la única vestida de huasa fuera yo. Las entrevistas de trabajo en realidad son trampas de espías enviados por mi papá para saber de mí, encerrarme en algún lugar y mantenerme secuestrada. Mis puntajes de la PAA (no alcancé a dar la PSU) estaban malos, y alguien se daría cuenta apenas quedara en la universidad. Mis amigas en realidad no eran mis amigas, sino que un grupo de niñitas que habían acordado contarse todos mis secretos y publicarlos en internet.

Vivir con la desconfianza constante, pensando que todo el mundo me quiere hacer mal, es terrible. Es difícil creer que algo va a funcionar. Una relación, un trabajo, cualquier cosa. Todo es mentira. Nadie me quiere de verdad, a nadie le intereso de verdad, todo es un gran engaño. Es la certeza de que nadie me diría si tengo cáncer terminal, o de que si me gano el Kino probablemente alguien me robaría todo alegando que el premio no es mío. Enfrentar la vida desde una actitud tan defensiva deviene en relaciones personales difíciles, en inestabilidad, en falta de compromiso y de profundidad en todo.

Creer que la gente me quiere hacer daño deliberadamente lleva a que mi sensación más intensa siempre sea la soledad.

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