martes, 10 de mayo de 2011

Obsesión número 4: Los ladrones


Me han robado dos veces. La primera estaba en una heladería de Pucón a las cinco de la tarde, con mis amigos, un calor terrible y muchísima gente. Como yo acababa de participar en un programa de televisión (parte de un pasado en el que no voy a profundizar), me pasaba mirando si me habían llamado del canal y no había escuchado el teléfono. Hasta que una de las veces que busqué el celular en mi bolso,  no lo encontré. Tampoco mi billetera. Me puse a gritar “me robaron” y nadie decía nada, hasta que de repente se me acercó un mozo y apuntó a un señor que iba saliendo de la heladería. “Él fue, él te sacó las cosas”, me dijo despacio. Y claro, yo esperaba que hiciera algo más. Pero no. Así que salí persiguiendo al señor y cuando lo alcancé le dije “señor, señor, dicen que usted me robó”, y le traté de explicar que sólo tenía mil pesos y que necesitaba volver a Santiago. Ahora que lo pienso es divertido. En el momento, fue terrible. De la nada, apareció un carabinero vestido de civil que tomó al señor del brazo mientras la señora con que andaba gritaba que estábamos levantando falso testimonio contra su marido. Llegaron mis amigos. Se empezó a juntar gente. El señor me devolvió mis cosas. Fui a la comisaría a hacer la denuncia y me enteré de que el señor ladrón, Christian Márquez, era de Santiago pero que acababa de salir de la cárcel de Valdivia. Tenía cuatro páginas de antecedentes. El último, por participación en homicidio.

La segunda vez fue hace cuatro años, en la esquina de Suecia con Eliodoro Yáñez, a las once de la mañana. Había cruzado recién la calle cuando un tipo vestido de Correos de Chile, en una moto roja, pasó al lado mío por la vereda y se llevó mi cartera. Claro que le grité de todo y lo salí persiguiendo pero no lo alcancé. Yo no corro muy rápido. Igual corrí a mi casa después, a que mi novio del momento me consolara, porque lloré como una hora de pura rabia. También hice la denuncia, aunque no sirvió de mucho creo.

Entonces claro, todas las personas en la calle son potenciales ladrones que quieren mis aros de feria artesanal o mis pinches de mariposa. No importa si son hombres, mujeres o niños, o si tienen pinta de peloláis. La otra vez asaltaron la casa de al frente de mi mamá, y fue un señor de terno el que le puso la pistola en la cabeza a la nana para que lo dejara entrar. Igual ahora ando más tranquila. Total, no es mucho lo que me pueden quitar. Lo único que me pone nerviosa es que los ladrones escalen muros, como las niñas araña, y que me los encuentre en mi pieza. O atrás de la cortina de la ducha. Pero filo. Puedo vivir con eso.

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