martes, 14 de julio de 2015

Incierta

Odio la incertidumbre. No saber qué va a pasar, ni cuándo, ni cómo. Odio especular, imaginarme los peores escenarios posibles - o imposibles - tantas veces.

Si pudiera elegir, elegiría saberlo todo. No me asustan los cambios, ni las sorpresas, a veces ni siquiera las malas noticias. Pero no saber me asusta siempre, porque la realidad tiende a ser menos terrible que mi mente. Y no es que la quiera cambiar, ni controlar. No es que piense que por saber voy a tener alguna influencia en el futuro. Es sólo que me calma. Me da una tregua de los pensamientos absurdos y oscuros, del miedo que todo lo corroe, de mí misma.

Mi abuelo se está muriendo. Durante tantos años fue como mi papá y hoy estoy a mil kilómetros, sentada en la oficina, esperando. Es la vida, lo sé. Pero eso no lo hace menos triste.  

miércoles, 8 de julio de 2015

Pesadillas (de nuevo)

Mis pesadillas son lo peor. El otro día soñé que había dos mujeres muertas clavadas en la pared del pasillo de mi casa. Y anoche, que un loco me quería matar y un señor con una motosierra lo cortaba para defenderme y que después yo le enterraba varias veces un fierro medio oxidado a un amigo que quería atacar a mi hijo.

Cuando despierto, me cuesta asimilar que no pasó realmente. Que estamos todos bien, en la casa, juntos, y que los demás duermen. Y la sensación en la guata no se me va a veces en todo el día. Es como si la vida real no fuera más que una continuación de los sueños. O viceversa.

Me pregunto si mis pesadillas serían las mismas si yo fuera diferente. Más normal. Si no pensara tanto en la muerte, todo el tiempo. Quizás mis miedos serían sencillos, cotidianos, como el miedo al ridículo o al fracaso o a no tener amigos y quedarme sola. A mí todo eso me da un poco lo mismo. No sé si será mejor o peor, sólo sé que es distinto. El miedo es una fuerza potente para tomar decisiones como si mañana no existiera, como si nunca fuera a llegar. Y quizás eso me hace impulsiva, irracional, intensa. Pero también me hace feliz.

El otro día leí que mucha gente cree que las personas ansiosas somos pesimistas, cuando en realidad es todo lo contrario. Yo me rebelo todos los días. Me levanto y me río y sueño. Creo en los milagros y en la magia y en las causalidades. Amo profundamente, con locura y pasión, como si cada minuto  fuera el último. Porque sé que, cuando llegue el que lo sea, no me voy a arrepentir de nada.

domingo, 28 de junio de 2015

Cansada

Ha sido un año - un poco más - lleno de cambios y desafíos. Estoy embarazada de cinco meses y mi ansiedad está en las nubes. Esto de no tomar remedios no es lo mío. Echo de menos la tranquilidad y las noches sin pesadillas, la sonrisa tan fácil y las pocas ganas de llorar de cuando me siento bien. Tengo tanto miedo siempre, de todo. Y cierro los ojos y me aguanto porque no me queda otra opción, porque tengo un hijo de casi dos años y un marido que no sabe lo que es el miedo y una hija en camino. Y me levanto y voy a trabajar y en las noches trato de dormir y funciono, como toda mi vida.

Pero estoy cansada.

Siento que mis treinta a veces pesan como cien, que tendría que nacer de nuevo para poder disfrutar de verdad los momentos sin pensar tanto en mañana y en que nada tiene sentido porque todos avanzamos irremediablemente a la muerte. No nos podemos escapar.

Quiero ser normal un rato - no necesito ser normal para siempre - pero me vendría tan bien un respiro. Dejar de imaginarme escenas improbables y tortuosas, de niños asesinados y accidentes y atentados de grupos extremistas que odian la libertad que tanto amo. Dejar de buscar en Google estadísticas de partos prematuros y mortalidad infantil y disfrutar a mi familia sin apuro, sin la certeza de que cada momento puede ser el último, de que cada despedida abarca un montón de promesas que no sé si pueda cumplir (hasta mañana, nos vemos más rato, te llamo luego), de que al final nada depende de nosotros porque la vida es impredecible y corta y un día se acaba y no siempre avisa.

Me da miedo tener tanto miedo.
Y no sé cómo ganarle.

lunes, 12 de mayo de 2014

Vencida

Estoy agotada. Siento que se me acaban las fuerzas para pelear esta batalla mientras miro por la ventana cómo la lluvia bota el cielo a pedazos. Llevo un par de semanas con miedo a todo. Miedos absurdos, como siempre. No soy capaz de acostarme a dormir sin revisar todas las ventanas - varias veces. He vuelto a buscar asesinos escondidos en los clósets y detrás de las cortinas de los baños. Pienso que se van a robar a mi hijo, que se va a morir mientras duerme, que voy a despertar y ya no va a estar. Me acuerdo de todas las historias terribles que he escuchado, de las canciones de niños muertos, y las repito en mi cabeza porque no puedo pensar en nada más.

Cuento, rezo pedazos de oraciones, canto mantras y pongo música motivacional. Me tomo, de repente un lorazepam o un ravotril y logro dormir un poco pero con pesadillas que no se van. Siento que estoy al límite, que no doy más. Suspiro. Ayer pensé que iba a desmayar, pero no. Era pura ansiedad, según Google. Esa sensación de no estar despierta, de que esto es un sueño, de que la vida no existe, nada existe y estamos en un mundo de ilusiones. ¿Soy real?

Estoy a punto de volver al siquiatra que conocí cuando nació mi guagua. Pagar lo que cueste, da lo mismo. Prefiero vivir endeudada y mejor. Me pesan los ojos, el corazón y las manos. Me siento tan chiquitita y tan vencida.

lunes, 6 de enero de 2014

Estable

A veces estoy tan bien que pienso que no tengo un TOC.

Después cuento los escalones mientras subo, camino la misma cantidad de pasos con los dos pies, me saco el chaleco negro para dormir, ordeno mis poleras por color y creo que la biopsia de los lunares que me entregan mañana va a decir que me queda un mes de vida.

Pero estoy bien. He pasado un par de meses tranquilos, en que en general creo que las cosas van a resultar y que todos vamos a ser felices para siempre. Me gusta la sensación de libertad que aparece de repente, como si nada importara mucho - y quizá es cierto -, como si ser quien soy ahora fuera mi único objetivo en la vida.

La maternidad me encanta. Mi hijo es un montón de sonrisas que le da sentido a todo lo que siempre he buscado. Puede ser un cliché de los más básicos, pero también es verdad. Ser madre es, hasta ahora, lo único que le ha quitado fuerza a la muerte.

Escucho Roar, de Katy Perry.
Es mi nuevo himno.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Pesadillas

Desde que pasó lo de la bolsa, tengo pesadillas casi todas las noches. Ya duermo poco - mi hijo tiene tres meses y medio y es parte de la ecuación - pero dormir poco y mal es una tortura. He soñado de todo: que secuestran a mi guagua mientras estoy comprando, que tengo que ir a la morgue a reconocer un cuerpo al que le sacaron las uñas y que me mandan a una misión encubierta a Medio Oriente al estilo de Los Juegos del Hambre.

No sé qué hacer. Siento que mi vida está en pausa, como si mis días no tuvieran ningún propósito real. Como si el mundo entero fuera una ilusión. Me miro y no me reconozco. Todo me da miedo, todo me paraliza. Me quedo quieta en la comodidad de lo rutinario: de la gente que ya encontré, de la casa que ya elegimos, del trabajo que ya tengo. No estoy empezando nada nuevo, y no sé por qué, si quiero. Necesito.

Un paso a la vez, supongo. Dejar de pensar un rato en la muerte para poder disfrutar de verdad la vida. Atreverme a manejar los veinte kilómetros que me separan del teatro, de la biblioteca regional, de un poco de diversidad en la calle. Apagar el computador y el celular, quedarme en silencio a ver si logro que se callen también tantas ideas absurdas.

Quiero volver a creer en algo. El nihilismo del TOC me tiene cansada.

martes, 12 de noviembre de 2013

Asustada

Odio saber que no puedo razonar como una persona normal.

Salí media hora a hacer trámites, y cuando llegué de vuelta había una bolsa de género encima de mi cama. Yo no la dejé en ese lugar - estoy segura - pero hay mil maneras posibles y lógicas de que haya llegado ahí. De todas formas, lo primero que se me ocurrió fue que alguien había entrado a la casa. Obvio. Alguien entró mientras yo no estaba y en lugar de robar el computador y la tele, dejó una bolsa en mi cama. O peor. La bolsa quedó ahí porque no se alcanzó a robar nada, porque llegué muy rápido. Ahora el ladrón (¿o asesino?) está el segundo piso, escondido en el clóset, o detrás de la cortina del baño, o debajo de la cama. Esperando. Cuando esté cómoda, y se me haya pasado el miedo, y haya decidido sacarle la llave a la puerta de mi pieza donde me encerré con mi guagua, va a bajar.

O quizá sólo dejó la bolsa para que yo supiera que puede entrar cuando quiera, como una amenaza silenciosa. O quizá envenenó el agua que tengo en mi velador y, mientras escribo, me estoy muriendo de a poco. O quizá puso una bomba que va a explotar en la noche y nos va a convertir en pedacitos de personas. Quién sabe.

Revisé toda la casa y sé que no entró nadie - no tiene ningún sentido - pero el miedo no se me quita. Escucho ruidos afuera y pienso que son acá. Abrí la cortina que da a la calle, para que los vecinos puedan ser testigos si pasa algo. Me tomé un tercio de Lorazepam también. Yo sé cómo funciona esto, los miles de caminos que pueden seguir mis pensamientos desbocados, y quiero poder dormir hoy. Estoy cansada. Necesito que mi mente pare un rato. Por favor.